La Táctica del Silencio o Cuando una cultura le apaga el switch a la biología

 Segunda parte de una serie. La primera entrega es: “El pueblo que le dijo no a Chomsky”.

En el primer texto de esta serie vimos cómo la lengua Pirahã desafía al modelo más influyente de la lingüística del siglo XX: la ausencia de recursividad sintáctica en ese idioma amazónico contradice la premisa de que la incrustación de cláusulas es un rasgo universal y biológicamente inevitable de la gramática humana. Vimos también que esa ausencia no es un déficit cognitivo, sino el efecto de un principio cultural: la exigencia Pirahã de que todo enunciado esté anclado en la experiencia directa del hablante.

Ahora la pregunta es más precisa: ¿cómo funciona esa suspensión? ¿Qué es lo que los hablantes Pirahã hacen, en concreto, cada vez que abren la boca? Y ¿qué nos dice eso sobre la relación entre cultura, biología y lenguaje?

Suspensión Operativa: el apagado que no es ausencia

Propongo llamar a este fenómeno Suspensión Operativa: la capacidad de la matriz cultural para desactivar, de manera táctica, una facultad biológica disponible en la especie. Los Pirahã no carecen del hardware cognitivo de la recursividad. En la práctica, no lo utilizan, porque su comunidad exige un anclaje estricto en el presente verificable.

La distinción importa. Una cosa es que algo no esté. Otra, muy distinta, es que esté pero permanezca apagado. Un interruptor en posición cero no es lo mismo que la ausencia del circuito. La Suspensión Operativa postula que la cultura puede actuar como ese interruptor: puede decidir qué potencias cognitivas se actualizan y cuáles se silencian, no porque el cerebro no las tenga, sino porque la comunidad tiene sus propios criterios de verdad y eficacia, y esos criterios son más fuertes que cualquier imperativo biológico.

Esta idea tiene una consecuencia que toca directamente al generativismo: si la cultura puede suspender un rasgo que se postula como genéticamente universal, entonces la gramática no es el despliegue automático de un programa biológico. Es una práctica negociada, contingente y culturalmente situada. El lenguaje no brota del ADN hacia la boca. Pasa primero por la comunidad.

El logro situado: no es una regla, es un trabajo

Aquí la etnometodología de Harold Garfinkel ofrece algo que ningún modelo gramatical formal puede dar: una descripción de lo que sucede en el nivel de la interacción real, en tiempo real, cuando los hablantes sostienen su lengua.

La realidad objetiva de los hechos sociales, vista como un logro continuo de las actividades concertadas de la vida diaria cuyas comunes e ingeniosas formas son conocidas, usadas y dadas por sentadas por sus miembros, es un fenómeno fundamental para aquellos miembros que hacen sociología.

— Harold Garfinkel, Estudios en etnometodología (1967)

Lo que Garfinkel llama un logro situado es exactamente eso: la estabilidad del orden social no es su punto de partida, sino su producto más frágil y más constantemente renovado. Nada está dado de antemano. Los hablantes trabajan, sin cesar, para que sus intercambios sean legibles y aceptables para los demás. La fluidez de una conversación no emana pasivamente de una configuración neurológica: es el resultado de un esfuerzo artesanal, intersubjetivo, que se realiza en cada turno de palabra.

Aplicado al Pirahã: mantener un discurso plano, libre de anidamientos, anclado estrictamente en el presente verificable, no es la consecuencia pasiva de una limitación cognitiva. Es un trabajo. Los hablantes negocian el sentido en tiempo real para asegurarse de que ninguna cláusula traicione el Principio de Experiencia Inmediata. Cada enunciado es simultáneamente un acto lingüístico y una confirmación de pertenencia cultural. Hablar bien, en el Pirahã, significa hablar de lo que se sabe porque se vivió. Y sostener ese estándar requiere vigilancia constante.

Goffman en la selva: el guion que nadie escribió

Erving Goffman, desde una perspectiva distinta a la de Garfinkel pero complementaria, aportó algo crucial: la idea de que toda interacción social está gobernada por lo que llamó el orden de la interacción. No son las normas jurídicas ni las reglas gramaticales las que organizan el encuentro cara a cara: son leyes de cohesión escénica, moral y pragmática que el grupo ejecuta sin que nadie las haya escrito, y que hacen que cada participante sepa, en cada momento, qué está pasando y qué se espera de él.


En el Pirahã, ese orden de la interacción incluye una cláusula no negociable: lo que se dice debe poder ser verificado. La abstracción hipotética, la especulación sobre lo que alguien podría haber pensado, la narración de eventos que nadie presente presenció directamente: todo eso viola el guion cultural. Y el grupo lo vigila. No necesariamente con sanciones explícitas — no hay un juez que dictamine si una oración fue demasiado subordinada — , sino con la presión silenciosa de la cohesión grupal. La gramática plana es el precio de entrada a la comunidad de los que dicen la verdad.

Lo que Goffman ilumina es que este orden no es represivo en el sentido de una prohibición externa. Es constitutivo: define qué tipo de persona sos cuando hablás, qué credibilidad tenés, si pertenecés o no. La gramática recursiva no es solo una estructura sintáctica que se descarta; es una amenaza a la identidad comunitaria. La Táctica del Silencio es, también, una política de la pertenencia.

No solo los Pirahã: la palabra fuerte y la palabra degradada

Una de las evidencias más sugestivas de que la Suspensión Operativa no es un fenómeno exclusivo del Pirahã viene del otro lado de la Amazonía. Entre el pueblo shipibo-konibo, el antropólogo Pedro Favaron documentó una concepción del signo lingüístico que es radicalmente ajena al universalismo chomskiano: la palabra no representa la realidad, la materializa. Tiene potencia vibratoria. Puede hacer que lo nombrado suceda.

La lengua shipibo-konibo distingue entre lo que Favaron llama la palabra fuerte — vehiculada en los cantos medicinales de los curanderos visionarios, capaz de actuar sobre la realidad — y la palabra degradada: el hablar por hablar, el discurso imprudente que fractura el vínculo entre el signo y la existencia.

En ambas tradiciones amazónicas, pues, la lengua no es el despliegue automático de una gramática universal indiferente a la cultura. Es el producto de una comunidad que le impone sus propios criterios de verdad, eficacia y responsabilidad ontológica. El hablante que habla “mal” — que usa la palabra degradada, o que subordina cláusulas cuando no debería — no comete un error gramatical. Comete una transgresión cultural. La lingüística que no puede ver esa distinción está, simplemente, mirando el mapa en lugar del territorio.

Lo que la biología propone y la cultura dispone

Llegamos así a la tesis central que este paper — y estos dos artículos — intentan sostener: la relación entre la capacidad biológica y la práctica lingüística no es una relación de determinación, sino de negociación asimétrica. La biología propone un repertorio. La cultura dispone qué parte de ese repertorio se actualiza y qué parte permanece en suspensión.

Esto no significa que la biología no importe. El hardware cognitivo es real: sin él, no habría nada que suspender. La recursividad existe como capacidad latente en el cerebro humano, y esa capacidad es la condición de posibilidad de la Suspensión Operativa. No podés apagar algo que no existe.

Pero la biología sola no explica por qué un grupo humano decide no usar una capacidad que tiene disponible. Para eso hace falta una teoría de la práctica social. Y esa teoría dice algo que el innatismo chomskiano nunca pudo incorporar: que la comunidad tiene la soberanía organizativa final sobre lo que sus miembros hacen con el lenguaje.

Marc Barbeta-Viñas lo formula desde la sociología del lenguaje: el uso lingüístico es un hábito colectivo a través del cual los grupos se apropian de la lengua en contextos sociales determinados. Lo que una prueba estandarizada llamaría desviación es, con frecuencia, la norma vivida de una comunidad. Y la norma vivida no es inferior a la norma abstracta. Es más real.

El silencio más elocuente

La Táctica del Silencio es, al mismo tiempo, la más radical y la más cotidiana de las formas de resistencia cultural. No hay marcha. No hay proclama. No hay desobediencia visible. Hay simplemente una comunidad que, conversación a conversación, turno a turno, oración a oración, sostiene una forma de decir que el paradigma dominante consideró imposible.

Y en esa imposibilidad reside su fuerza. Los Pirahã no refutan a Chomsky con un argumento filosófico. Lo refutan con la práctica cotidiana de su lengua. Con el trabajo silencioso de sostener, en cada enunciado, una epistemología que dice: solo hablo de lo que sé porque lo viví. Todo lo demás es ruido.

Si la cultura puede suspender un algoritmo que se postulaba como inscrito en el ADN de nuestra especie, la pregunta que queda abierta es incómoda y necesaria: ¿qué más puede suspender? ¿Qué otras disposiciones biológicas — en la agresividad, en la cooperación, en los afectos, en los miedos — están siendo moduladas, en este momento, por matrices culturales que todavía no sabemos nombrar? ¿Cuántas de las cosas que creemos que somos por naturaleza son, en realidad, el resultado de una decisión que la comunidad tomó hace generaciones y que nadie recuerda haber tomado?

El Pirahã no responde esas preguntas. Pero las hace posibles. Y eso, en ciencia, es lo más importante que una evidencia puede hacer.

— — —

Referencias principales: Everett (2005, 2012), Hauser, Chomsky y Fitch (2002), Futrell et al. (2016), Garfinkel (2006), Goffman (2006), Barbeta-Viñas (2021), Favaron (2024), García-Miguel (2022), López Serena (2021).

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Epistemología de la Alteridad y la Estructura: Un Análisis Crítico de las Fronteras entre Sociología y Antropología en la Investigación Chilena