La docta ignorancia y el arte de escamotear o Cómo habitamos el orden social sin obedecer del todo
Este texto es la segunda parte de una serie. Si no leíste la primera, puedes hacerlo aquí: “El braconnier y la encerrona”.
En el barrio pesquero de Afurada, en Portugal, las mujeres barren la calle. No toda la calle: solo el tramo que corresponde a la fachada de su casa. Ninguna norma escrita lo exige. Ninguna ordenanza municipal lo prescribe. Sin embargo, todas lo hacen, y lo hacen con una regularidad que cualquier observador externo reconocería de inmediato como la manera correcta de hacer las cosas en ese lugar.
La antropóloga Ana Geronta, que estudió ese barrio mediante etnografía urbana, describe con precisión lo que ocurre: no es obediencia a una norma, pero tampoco es libre elección. Es algo más extraño y más interesante: un saber que se ejecuta sin que nadie lo haya verbalizado jamás, un conocimiento que vive en los brazos y en el ritmo del movimiento antes de habitar en ninguna cabeza. Pierre Bourdieu tenía un nombre para eso. Lo llamó docta ignorancia.
Saber sin saber que se sabe
La expresión es deliberadamente paradójica, y esa paradoja es su fuerza. Docta porque el agente ha incorporado, a lo largo de años de socialización, un conocimiento extraordinariamente preciso sobre cómo actuar en cada situación: qué decir, cómo moverse, a quién ceder el paso, cuándo callar. Ignorancia porque ese saber jamás fue verbalizado ni reflexionado: opera directamente en el cuerpo y en los gestos, sin pasar por la conciencia.
El agente sabe qué hacer sin necesidad de saber por qué lo hace. Y precisamente por eso lo hace con una eficacia que ninguna ejecución consciente podría igualar. Bourdieu llamó a esto el habitus: un sistema de disposiciones duraderas que funciona como una gramática social incorporada. No es el resultado de un contrato consciente ni de un consenso intelectual: es una complicidad ontológica entre las estructuras del mundo y las estructuras del sujeto que lo habita.
Este concepto tiene una consecuencia que vale la pena subrayar: la cohesión social no se mantiene porque la gente obedezca reglas. Se mantiene porque la gente actúa desde disposiciones que hacen innecesario pensar en las reglas. El orden no necesita vigilar constantemente porque ha logrado algo mucho más eficiente: instalarse en los cuerpos.
Los niños y niñas de Córdoba, Argentina, que participaron en un estudio lingüístico, lo ilustran de otro modo. Cuando se les mostraban láminas de estimulación del habla, respondían espontáneamente en su variedad regional: el voseo, el léxico rioplatense, las perífrasis verbales características del español cordobés emergieron sin instrucción alguna. Nadie les enseñó a vosear en ese momento. Simplemente lo hicieron, porque así opera el habitus lingüístico: como una gramática incorporada que estructura la enunciación sin acceder a la conciencia reflexiva. La variedad local no es un desvío de la norma; es la norma vivida, el orden hecho voz.
Los intersticios del orden
Pero si el habitus funciona con esa eficacia silenciosa, ¿dónde queda la agencia? ¿Dónde queda la capacidad del actor social para hacer algo que no estaba previsto, para salirse del guion, para improvisarse una salida cuando el guion no alcanza?
Aquí es donde entra Michel de Certeau. Su propuesta es sencilla en su formulación y honda en sus implicaciones: el orden institucional — lo que él llama la estrategia — siempre produce grietas. Y en esas grietas opera la táctica. No como rebelión ni como programa político, sino como inteligencia práctica del momento.
La táctica no tiene más lugar que el del otro. Se insinúa, fragmentariamente, sin tomarlo en su totalidad, sin poder mantenerlo a distancia. No dispone de una base donde capitalizar sus ventajas, preparar sus expansiones y asegurar una independencia en relación con las circunstancias. […] Necesita constantemente jugar con los acontecimientos para hacer de ellos ‘ocasiones’. Sin cesar, el débil debe sacar provecho de fuerzas que le resultan ajenas.
— Michel de Certeau, La invención de lo cotidiano I: Artes de hacer (1980)
Lo que De Certeau describe no es el héroe que desafía al sistema. Es algo mucho más cotidiano y, por eso mismo, mucho más poderoso: es la ama de casa que en el supermercado combina ingredientes imprevistos para resolver la cena con lo que tiene; es el empleado que usa los recursos de la empresa para una gestión personal sin dejar rastro; es el estudiante que sustituye el término técnico que no conoce por uno funcionalmente equivalente y lo hace pasar. El sistema previó una cosa. La táctica produce otra, en el mismo territorio, con las mismas herramientas.
El braconnage: la caza furtiva como metáfora
De Certeau tiene una imagen para esta lógica que es difícil de olvidar una vez que se conoce: el braconnage, la caza furtiva. En la Francia feudal, los bosques del señor eran propiedad exclusiva. El campesino no podía cazar allí. Pero cazaba. Esperaba el momento en que la vigilancia se distraía, entraba al bosque con sigilo, tomaba lo que necesitaba y se retiraba antes de que llegaran los guardias. Sin dejar huella permanente. Sin proclamar ninguna intención de subvertir el orden. Simplemente, haciendo lo que era necesario en el instante disponible.
Esta imagen captura algo esencial: la táctica es una inteligencia del tiempo. No del espacio — el espacio le pertenece al fuerte, al propietario, a la institución — . Del tiempo. De la ocasión. Del instante en que el orden abre una grieta y cabe una maniobra. La táctica no guarda lo que gana. No puede. Pero gana de todas formas, y en esa ganancia efímera está la dignidad del actor que no fue totalmente absorbido por el sistema.
De Certeau llega a escribir que la táctica es, en el fondo, “un arte del débil”. Y agrega, apoyándose en Clausewitz: cuanto más débiles son las fuerzas, más se transforman en táctica. Es decir: la creatividad ordinaria no brota de la abundancia. Brota de la escasez. El actor social es creativo porque está atrapado, no a pesar de estarlo.
Esto tiene una consecuencia epistemológica fundamental que el paper en que se basa este texto subraya con insistencia: la táctica depende ontológicamente de la resistencia del marco normativo para existir. Sin el muro institucional, no hay maniobra. La creatividad cotidiana requiere del obstáculo como condición de posibilidad. El braconnier necesita el bosque del señor.
El logro situado: la estabilidad como trabajo permanente
Si el habitus explica por qué el orden parece tan natural, y la táctica explica cómo se producen las desviaciones dentro de él, queda una pregunta abierta: ¿qué mantiene la interacción social funcionando en el día a día, ante la constante emergencia de lo imprevisto?
Harold Garfinkel, fundador de la etnometodología, propone una respuesta que resulta desconcertante la primera vez que se lee: lo que parece estable no es estable. Es el resultado de un trabajo incesante. Las actividades rutinarias son, en sus palabras, “logros prácticos continuos”: cada vez que una conversación transcurre sin colapsar, cada vez que un acuerdo implícito se sostiene sin necesidad de ser verbalizado, cada vez que la interacción no se desintegra ante lo ambiguo, hay alguien — todos los participantes, de hecho — que está trabajando para que eso ocurra.
La realidad objetiva de los hechos sociales, vista como un logro continuo de las actividades concertadas de la vida diaria cuyas comunes e ingeniosas formas son conocidas, usadas y dadas por sentadas por sus miembros, es un fenómeno fundamental para aquellos miembros que hacen sociología.
— Harold Garfinkel, Estudios en etnometodología (1967)
Lo que Garfinkel llama accountability — la capacidad de hacer que las propias acciones sean legibles, explicables, coherentes para los demás — no es una cualidad que los actores posean de manera automática. Es una práctica, un ejercicio situado que se realiza en cada intercambio. La estabilidad del orden social no es su punto de partida; es su producto más frágil y más constantemente renovado.
Y aquí está el vínculo con la tensión productiva que este texto — y el que lo precede — intenta articular: la incertidumbre no es un error del sistema, es su condición de posibilidad. Si el mundo social fuera perfectamente previsible, la táctica no tendría dónde operar. Si fuera perfectamente caótico, el habitus no podría instalarse. La vida cotidiana habita el espacio entre esos dos extremos, y es en ese espacio — en esa tensión — donde ocurre lo interesante.
El espacio de la tensión: creatividad sin romanticismo
Hay un riesgo en este tipo de análisis que conviene nombrar sin rodeos: el de romantizar la resistencia. De convertir al actor táctico en un héroe de lo ordinario, en un pequeño guerrillero del sentido que driblea al poder con cada gesto cotidiano.
Esa lectura sería, además de inexacta, políticamente ingenua. La creatividad que surge de la tensión productiva no cambia las estructuras de poder de manera inmediata. No redistribuye recursos. No elimina las condiciones materiales que la producen. El braconnier sale del bosque con lo que pudo cazar, pero el bosque sigue siendo del señor.
Lo que esa creatividad sí hace — y no es poca cosa — es producir un tercer espacio: un territorio donde el orden es formalmente respetado pero prácticamente subvertido, donde la institución se cumple en sus formas pero no del todo en su espíritu, donde el actor no es totalmente absorbido por la estructura y mantiene una coherencia propia que se alimenta de la misma cohesión que intenta sujetarla.
Geronta lo documenta con una imagen que se me quedó grabada: en el barrio de Afurada, los habitantes transforman el espacio público en extensión del hogar: cocinan sardinas en la acera, barren su tramo de calle, exhiben la cama matrimonial frente a la puerta abierta. La ciudad queda dividida, en la descripción de la autora, en dos tipos de territorios: las parcelas grises, de límites invisibles pero respetados, y las parcelas coloridas por las vidas que ahí se depositan. Dos ciudades superpuestas. La oficial y la vivida. La cohesionada y la coherente.
El lenguaje como campo de batalla
Hay un territorio donde la tensión productiva se vuelve especialmente visible: el lenguaje. No porque el lenguaje sea más político que otras prácticas, sino porque deja huellas.
La investigadora María Pilar Garcés Gómez ha estudiado construcciones cotidianas como me explico o ¿me explico? que, en la conversación ordinaria, han adquirido funciones que van mucho más allá de lo que significan literalmente. Me explico, cuando aparece en posición parentética, es en realidad una táctica de ajuste enunciativo: el hablante reconoce que su formulación previa no satisfizo las exigencias del contexto y produce una nueva versión. La forma interrogativa ¿me explico?, por su parte, ya no pregunta nada: apela al interlocutor, lo convoca a adherirse a la perspectiva del hablante. La incertidumbre comunicativa se convierte en gesto de cohesión.
Esto es, en el nivel del lenguaje, exactamente lo que De Certeau describe en el nivel de las prácticas: una apropiación táctica de los recursos disponibles para producir efectos que el código no había previsto. El hablante no destruye la lengua; la habita de otra manera.
El sociólogo del lenguaje Marc Barbeta-Viñas lo dice con precisión: cuando se habla, no se ejecuta un código abstracto; se realiza un uso social: un modo colectivo y sedimentado de apropiarse de la lengua en contextos determinados. Lo que una prueba estandarizada española llamaría desviación en un niño cordobés es, en realidad, la norma vivida de su comunidad. La coherencia práctica del hablante cotidiano es siempre ya un uso colectivo, no una anomalía individual.
Conclusión: la creatividad como técnica de supervivencia
A lo largo de estos dos textos he intentado argumentar una cosa que suena sencilla pero que tiene consecuencias de largo alcance: la creatividad cultural no es el opuesto de la estructura social. Es su subproducto más sofisticado.
El actor social no es libre ni completamente determinado. Habita una docta ignorancia que le permite actuar sin tener que pensar cada movimiento. Pero esa misma automatización libera recursos para la maniobra, para el escamoteo, para la gestión de lo imprevisto. La táctica no nace de la libertad: nace del límite. Y lo que Garfinkel añade es que incluso la estabilidad de esa convivencia — incluso el hecho de que el mundo no se desintegre ante cada ambigüedad — es un logro práctico, un trabajo que todos los actores realizan continuamente sin reconocerse en él.
Analizar esta tensión no es una operación neutral. Es política, en el sentido más hondo del término: implica decidir qué se vuelve visible y qué permanece invisible. Las ciencias sociales que privilegian la regularidad sobre la fricción no son más objetivas que las que la registran; son, simplemente, más útiles para los que tienen interés en que el orden parezca natural.
Nombrar las tácticas, documentar los escamoteos, preguntar qué produce la tensión y bajo qué condiciones deja de ser productiva para convertirse en padecimiento: eso es lo que una antropología de la vida cotidiana comprometida con la experiencia real de los actores tendría que hacer. No para romantizar la resistencia, sino para entender que la vida insiste — en los márgenes de la planificación, en los intersticios del orden, en el instante que el sistema no alcanzó a prever — , y que esa insistencia es lo que, en última instancia, hace posible el cambio.
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Referencias principales: De Certeau (2000), Bourdieu (2007), Garfinkel (2006), Heller (1970), Geronta (2023), Garcés Gómez (2020), Barbeta-Viñas (2021), Rivadero et al. (2023), Álvarez (2024), Antón Hurtado (2017).
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